Michael Convey

Por Michael Convey
Socio director creativo de Convey Publicidad

Siempre se ha dicho que no hay malas palabras. Pueden existir palabras mal usadas (busquen la definición de “bizarro”), pero no son malas palabras. Hay palabras que nos recuerdan el mal, como “cáncer” o “forúnculo”, pero en sí la palabra no es mala, en todo caso es fea y eso es algo completamente subjetivo.

Las “groserías”, “palabras altisonantes” o “palabrotas” dependen de quien las dice y de quien las escucha. En los años 80 “wey” era algo que no se podía decir en TV, hoy es una característica del lenguaje chilango. A mi padre (un hombre de mediados del siglo pasado) se le revolvía el estómago cada que escuchaba “está de pelos”; según él, esa expresión tenía origen en los burdeles (no existían los table dances) y respondía a la solicitud del público para que la bailarina en escena se quitara las bragas (palabra que sé que a muchos les incomoda, la odian).

Escribo sobre esto porque de un tiempo a la fecha he escuchado demasiadas críticas al lenguaje: la “tía” que criticó la campaña de Coca-Cola “Ponte chingÓN”, la FIFA sancionando el grito de “puto” que viene desde la tribuna, el Piojo diciéndole maricones a los árbitros, todas las ladys y lords de las redes sociales, etcétera.

Desde mi humilde opinión, el lenguaje son códigos que se utilizan para generar aceptación en los círculos sociales: si vas a las luchas y no sueltas un par de mentadas de madre, estás fuera de contexto; si ese mismo par de mentadas las avientas en medio de la iglesia, vas a estar fuera de contexto… y también vas a estar fuera de la iglesia siendo linchado por un grupo social al cual le parece una tremenda falta de respeto.

Si la “tía” se ofende porque una marca dice “chingón”, es natural que ese anuncio no está dirigido al sector social donde ella pertenece. La consecuencia será que dicha marca sea excluida. Pero me parece exagerado que dicha campaña se haya vuelto tema de conversación por considerarla de “mala educación”.

Digo que el significado de las palabras depende de quien las dice y de quien las escucha porque debemos aprender a contextualizar. En Estados Unidos decir “negro” es una falta de respeto, en México es una manera cariñosa de referirse a cualquier morenazo. Al portero le parece el “puto” de las tribunas de lo más común, pero la FIFA considera que es discriminatorio.

El “Chingonario” es un excelente ejemplo de uso y contextualización de las palabras. La campaña de Larousse me parece que es un muy buen ejemplo de esta variedad de significados de las palabras.

Escribo todo esto para no satanizar el lenguaje, para entender que las palabras no son malas y que su significado se lo da la persona que la escucha y la persona que la dice. Escribo esto para invitarlos a usar el mayor número de palabras, sean buenas o malas.

Cualquier reclamo, duda o sugerencia con gusto las leo en Convey Publicidad y @conveymx.

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