Pinocho de Ígor Voloshin

Ciudad de México.- Hay personajes que parecen no tener fecha de vencimiento. Pinocho es uno de ellos. En menos de seis años, el muñeco de madera ha protagonizado al menos cuatro adaptaciones cinematográficas, y sin embargo, cada nueva versión logra encontrar algo fresco que decir. La más reciente, dirigida por el cineasta ucraniano Ígor Voloshin, no es la excepción: el tradicional muñeco de madera llega a las salas con una personalidad propia, marcada por una estética teatral y una mirada profundamente humanista que la distingue de sus predecesoras.

Una versión distinta de Pinocho

Visualmente, la propuesta es de las más arriesgadas que ha dado el género en años recientes. Los escenarios, inspirados en una ciudad italiana de época, están construidos con un lenguaje casi escénico: cada cuadro parece diseñado para el teatro, con planos que recuerdan más a un montaje de tablas que a la fluidez natural del cine convencional. La dirección de arte utiliza la tecnología para resaltar la textura de la madera y la expresividad de los personajes en escenarios de gran impacto visual, creando un universo que mezcla lo artesanal con lo digital sin que ninguno de los dos elementos se canibalice.

En cuanto al relato, la película se aleja de las lecturas más literales del clásico. Aquí, Pinocho no es únicamente un muñeco que quiere ser niño: es un ser que cuestiona su lugar en el mundo y se atreve a ser diferente en una sociedad que exige uniformidad. Es esa lectura —más contemporánea, más necesaria— la que convierte esta versión en algo más que entretenimiento familiar. El vínculo entre Papá Carlo y Pinocho funciona como el verdadero eje emocional de la historia.

La banda sonora merece mención aparte. A cargo de Alexéi Rybnikov, Artista del Pueblo de Rusia, la música regresa con nuevos arreglos sobre los temas que el propio compositor creó para la versión de 1975, tendiendo así un puente sonoro entre generaciones. Escucharla es casi un acto de nostalgia activa: suena a recuerdo, pero también a estreno.

Dicho esto, la película no está exenta de altibajos. En algunos momentos el ritmo cede y la narrativa se vuelve predecible, sin atreverse a ir tan lejos como su propuesta estética prometería. Algunos personajes secundarios quedan apenas esbozados, lo que les resta peso en la historia. Y aunque la propuesta visual es innegablemente impactante, hay escenas donde la imagen no termina de cuajar del todo.

Pinocho mantiene la esencia del cuento original mientras se adapta a las nuevas generaciones, olvidándose de la nariz que crece al mentir y recordándonos que crecer implica tomar decisiones, equivocarse y aprender en el camino. Voloshin entrega una película que honra la tradición sin rendirse a ella, y que encuentra en el viejo muñeco de madera un espejo donde el mundo actual puede reconocerse.

Para quienes buscan algo más que una adaptación convencional: esta es su función. El telón está subido.

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