Mike Convey. Director de Convey Publicidad

Por Michael Convey
Director de Convey Publicidad

¿Has oído del “síndrome del impostor”? Pues resulta que tiene muchos años de ser estudiado (desde 1978) y hoy empieza a estar presente en muchas situaciones mercadológicas.

Dicho estado hace pensar a quien lo padece que no merece el éxito que ha alcanzado y se siente un fraude. Sin importar los logros académicos, profesionales y aplausos, el afectado piensa que todo es parte de la suerte y, como tal, podría desaparecer.

Recientemente, la doctora Dafna Goor presentó un estudio sobre este síndrome en gente que consumía artículos de lujo. El resultado demostraba que dichas personas, como consecuencia de sus compras, tenían síntomas del “síndrome del impostor”, pues, aunque no usaban este adjetivo, al oírlo aseguraban que así se sentían, “como impostores”. La mayoría de los participantes afirmaban que no se sentían representados por las cosas que compraban, pero las tenían para ser parte de su círculo social.

Por otro lado, escuchando a Norberto Guevara, Regional IMC Manager de Kellogg Latam, el directivo decía que los centennials son una generación que busca originalidad y rechaza todo aquello que les parezca falso; los youtubers son entretenidos, pero todos los días pierden credibilidad.

La plática con Norberto y el estudio de la doctora Goor me hicieron reflexionar si las condiciones sociales y la evolución de los mercados nos están obligando a cambiar el discurso de las marcas.

Siempre habíamos hablado de la aspiracionalidad, las grandes marcas presentaban situaciones perfectas, modelos a seguir; hoy la gente empieza a dudar de todo, saben que detrás de cada comentario, video, foto o anuncio hay otra realidad. Escribía yo en columnas anteriores sobre la necesidad de los jóvenes de experimentar lo que ven en las pantallas, materializar lo que siempre han visto a través del fantástico mundo de las cámaras… ¿será que estamos hartos de la irrealidad? No lo creo, pienso que estamos dando lugar a cada cosa, el cine es un lugar perfecto para la irrealidad, los videojuegos son un espacio natural de la irrealidad, los libros son un oasis de la irrealidad. Pero el exceso de información nos está obligando a ser mucho más críticos y, al volvernos así, estamos forzados a ser originales, a quejarnos de lo que realmente nos molesta, a comportarnos como realmente pensamos.

¿Seguirá funcionando la publicidad que exageraba las condiciones para hacerla amena o llamativa? ¿No éramos una actividad basada en el engaño? ¿Qué será de los creativos farsantes, podrán hacer historias reales?

Les escribo esto con absoluta franqueza, trato de ser original, probablemente en algún momento de mi vida he sido un impostor y tal vez lo vuelva a ser, pero mi objetivo es que cuando menos seamos conscientes de la realidad.

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